lunes, 5 de octubre de 2015

Insaciable


La luz de la luna se escabullía sigilosa entre las cortinas, iluminando la nívea piel que recubría las esbeltas piernas de la hermosa vampiresa. El gélido viento ondulaba los cabellos suaves de la hermosa criatura. Venus y Afrodita eran las diosas que podían comparase con la preciosa mujer de cabellos color cacao, labios llenos y pómulos filosos. Ella poseía el rostro de un ángel y el cuerpo de un súcubo cuyas piernas parecían nunca tener fin, caderas amplias, cintura diminuta y los surcos deliciosos de dos senos perfectos.

Davyna era su nombre. No había en el mundo criatura más perfecta que esa que no podía ser tocada. Aquella que se encontraba cautiva en medio de una cruel prisión rodeada de soledad, donde su padre la había confinado por ser el objeto principal de sus enemigos. No tenía vida más allá de la noche, más allá de las paredes impolutas que la rodeaban. A la espera de ser reclamada por algún vampiro que demostrara ser lo suficientemente poderoso para protegerla, o más bien condenada a que su padre eligiera al galán de brillante armadura.

Davyna resopló sintiéndose ansiosa. Su piel desnuda resaltaba aún más pálida con las prendas de encaje negro  que escasamente la cubrían. Su garganta y su cuerpo ardían sin compasión sintiendo las incandescentes llamas del infierno arder en su interior. La sed estaba acabando con ella. Estaba harta de la asquerosa sangre de cualquier humano que le era traída a su lujosa habitación. Estaba cansada de la espera. Quería sangre dulce y deliciosa de un solo hombre. Codiciaba descanso para su sed y el ardor cruel que atacaba entre sus piernas, tanto así que se vio inocentemente frotándolas una contra la otra. Quería tantas cosas que solo un ser podría concederle a su cuerpo frío y sin alma. Deseaba que la puerta secreta de su armario se abriera y él apareciera. Ya su cuerpo temblaba a la expectativa de su presencia.

Davyna lo sabía. No tenía alma, era cruel y despiadada. Egoísta y pecadora. Deseaba lo que no podía tener y aun así lo poseía, descendía al infierno cada vez que tocaba la cálida piel bañada por el sol de aquel hombre con sus dedos blanquecinos y congelados. Cada noche caía en la tentación arrastrándolo a él sin ningún remordimiento.

Su respiración se hizo más pesada conforme los segundos pasaban. Se arrodilló en medio de la cama sobre las sabanas de satén negro. Gimió anhelante mientras sus manos se paseaban por su cuello descendiendo por el camino estilizado de sus pechos hasta llenarse las manos con ellos, apretó con fuerza desatando el demonio que habitaba en ella. Davyna deslizó una mano suavemente por su estómago introduciendo sus dedos entre la pequeña prenda que cubría su sexo húmedo por el recuerdo de la espalda masculina ondulándose en armoniosas acometidas que se mostraban en el reflejo de su espejo situado estratégicamente para enseñarle las destrezas de su enérgico amante. Su garganta quemaba con fuerza pero su centro clamaba con más ahínco un poco de atención, así que sin esperar más hundió un dedo entre los pliegues resbaladizos hasta presionar la dura perla que la hizo vibrar descontrolada. Quería esperar un poco más por él. Anhelaba encontrar fuerza de voluntad pero fue inútil, su mano derecha se apretaba contra el turgente seno mientras que la otra buscaba la liberación frotando el dedo contra el clítoris henchido. Davyna sintió por un momento alcanzar las estrellas con las manos mientras un gemido ronco abandonaba su pecho cuando una voz oscura llenó sus oídos.

-Has empezado sin mí – el hombre habló con diversión.

La vampiresa que ostentaba el aspecto de una chica de veinte años de edad lucía como una diosa en medio de aquella cama dándose placer así misma. Los ojos del hombre la observaban sin perderse ni por un momento la belleza sublime que se exhibía en el dolorosamente excitante cuerpo femenino. Davyna le devolvió la mirada. El hombre era hermoso, de cabello castaño, nariz perfilada, ojos azules, labios prefectos y cuerpo definido por una hilera impenetrable de músculos deliciosos. Sus sentidos rugieron posesivos ante el calor que él irradiaba e impactaba sobre su piel. Su pecho se comprimió al escuchar aquella melodía que era su perdición, aquella que la hacía desearlo como a nada en el mundo. Los latidos de un corazón frenético.

Él era perfecto ante sus ojos y seguramente a los de cualquier mujer, pero aquellas mujeres no podrían necesitarlo como Davyna sabía que lo hacía. Cuando el olor dulce de su sangre golpeó sin piedad su nariz recordó cuanto lo necesitaba, lo mucho que quería poseerlo sin que nadie se atreviera a dudar ni por un momento que él era suyo. Ella era la muerte en la tierra y él la vida con la que necesitaba alimentarse. Sus colmillos salieron de sus capuchas mostrándose tan filosos como las estalactitas en el invierno. El pantalón del hombre se apretó en una dolorosa erección al verla tan salvaje como siempre.

Davyna sacó suavemente las manos de su ropa interior y en un movimiento fugaz llegó hasta él furiosa tomándolo de la garganta y aprisionado el sólido cuerpo con el suyo de aspecto delicado, pero no tan frágil como parecía pues el aire abandonó los pulmones del castaño ante la presión del pecho de la chica que bien podía compararse con mil toneladas de concreto cayendo sobre él, sin embargo aquello hacía su cuerpo arder aún más de deseo.

-¿Por qué has tardado tanto? – gruñó Davyna observando las masculinas facciones con los ojos color rojo que la caracterizaban. El castaño apretó la mandíbula tomando la muñeca de la chica con la fuerza que a un hombre le hubiera quebrado el hueso pero que a ella apenas y servía para doblegarla. Davyna forcejeó disgustada y excitada ante la fuerza de aquel hombre poderoso. Él le dobló el brazo y en un ágil movimiento presionó el pecho de la chica contra la pared y la aprisionó posicionando de lleno su cuerpo contra la delicada espalda dejándole sentir su vigorosa erección entre las dos firmes y redondas nalgas femeninas.

Davyna creyó que desfallecería al sentir su sexo arder sin descanso combinado con el dulce aroma de la sangre que fluía vertiginosa entre las exquisitas venas del chico. Sin poder evitarlo levantó el trasero buscando la fricción de aquel miembro prodigioso contra el apretado canal de su cuerpo, su sexo que rogaba por ser llenado, asaltado y doblegado. Él rió bajito pero con demasiada arrogancia. Siguió apretado la muñeca de Davyna que se encontraba dominada en su espalda, se separó un poco de ella recibiendo un quejido que fue silenciado con un azote sobre la voluminosa nalga de la vampiresa. La chica lloriqueó desesperada aun cuando el volvió a frotarse contra ella.

-Debes aprender a ser paciente – rugió lamiendo la oreja de Davyna, embistiéndola suavemente aun con las barreras que la prenda de encaje y su propio pantalón representaban. – Necesitas controlarte o vas a terminar asesinándome y te odiaré si me matas y aun no tengo suficiente de ti.

Davyna estaba frustrada porque él tenía razón pero no podía controlarse cuando lo necesitaba con urgencia, así que sin previo aviso volvió a estamparlo contra la pared esta vez con mucho más cuidado, y con la respiración de una fiera tomó la camisa del castaño abriéndola sin ningún miramiento haciendo que los botones volaran desperdigados por toda la habitación. Una vez habiéndose ocupado de la parte superior procedió a arrancarle el pantalón para liberar el grandioso tesoro que poseía el hombre, pero antes que pudiera lograrlo él la detuvo haciendo que lo mirara.

-Eres mía para ser saciada, preciosa – él se acercó inclinándose para tomarla de las piernas y cargarla sobre su hombro con el fin de llevarla hasta la cama donde la depositó con cuidado. Davyna intentó contenerse apretando las sabanas entre sus manos mientras él con movimientos demasiado pacientes se quitaba los zapatos. Ella estaba hirviendo en rabia al ver la sonrisa de él satisfecho por saberla desesperada en ser tocada por sus fuertes manos, por ser atravesada por el recio sable que él guardaba entre dos fornidas piernas. El esfuerzo fue inútil dejando a la vampiresa presa de sus impulsos. Tomó fuertemente los hombros masculinos, como si su peso significara unos cuantos gramos y lo estampó sobre el mullido colchón. Jadeante subió a ahorcadas sobre él como si fuera la reina y él su súbdito subyugado bajo su cuerpo esbelto.

-No intentes joder conmigo – bramó furiosa. Los ojos azules de él brillaron divertidos mientras una sonrisa se apoderaba de los carnosos labios, pero esta fue borrada cuando la boca húmeda de Davyna los cubrió con ansia y pasión. Besó con hambre al hombre que con sus manos exploraba la curva preciosa de su espalda subiendo hasta el suave cuello, delineando los hombros y bajando hasta sus pechos que espontáneamente fueron liberados cuando el sostén fue rasgado por la mitad. La furia de los labios que combatían en una batalla de placer se volvía más salvaje. Él penetró con su lengua la jugosa boca de Davyna cuya saliva sabía a miel y vainilla, caliente como la lava contrastando deliciosamente con los fríos labios femeninos. Podía sentir el filo de los colmillos y el sigilo de la vampiresa por no dañarlo, quien aún presa de la pasión no dejaba de preocuparse por él. Tomó los suculentos pechos entre sus manos apretando los rosados pezones entre sus dedos, provocando que la vampiresa gimiera y sus caderas se ondularan torturando la erección que amenazaba con romper el pantalón y atravesarla sin piedad.

-Pareces estar muy ansiosa por joder conmigo, cariño – bromeó separándose de ella con la fuerza que siempre necesitaba para domarla o de lo contrario ella sería quien siempre haría su voluntad y nadie podía osar de dominarlo, ni siquiera la sensual Davyna. Él Posicionó las manos en las costillas de la chica subiéndola un poco hasta tener los hermosos senos en su cara y el cabello chocolate haciendo cosquillas en su frente. Abrió la boca introduciendo el pezón dulce.

-Mmmm – Davyna bajó la mirada al rostro del precioso hombre que la observaba de vuelta con ojos divertidos. Jadeó más fuerte al observar los obscenos labios fruncirse alrededor del pezón y sus mejillas ahucharse ante la succión exquisita que enviaba toques eléctricos a su ahora empapada entrepierna. – No te detengas – le suplicó al hombre quien con una sonrisa perversa pasó al otro pezón dándole golpecitos con su lengua. Su garganta ardía sin piedad y el aroma que él expelía era malditamente adictivo. Disfrutaba todo lo que él le hacía pero necesitaba de alguna forma probarlo. Tomó los cabellos más largos del hombre en la parte superior de la cabeza y lo apartó arrancándole el seno que él mamaba con devoción.

-Eres una bruta – se quejó él fingiendo enojo propinándole un escandaloso azote a la fémina en la apetitosa nalga.

-Y eso te encanta – apuntó ella reptando por el cuerpo bronceado y cálido de su amante. Olía a gloria y la piel dorada era suave como la seda. Acarició el torso masculino con suaves besos y lamidas descubriendo satisfecha la respiración de él acelerada. El abdomen subía y bajaba con fuerza a causa de la excitación. Arrancó sin ningún cuidado el botón del pantalón descubriendo sin ropa interior al tipo. La erección imponente saltó elevándose ostentosa y exuberante hacia el cielo. Un precioso falo animal recubierto de exquisita carne dorada coronado con una piel color rosa pálido brillante por secreciones deliciosas. Davyna tuvo que soportar un momento el dolor feroz de su garganta al sentir toda la sangre que se acumulaba allí y le daba vida a su más preciado juguete.

-Nena, ten cuidado con los dientes – susurró él con voz ronca pero entretenida. Davyna obligó a sus colmillos a retractarse y sin perder oportunidad engulló el miembro que sabía a elixir de dioses. Succionó con fuerza sintiendo la exquisita sangre recorrer el miembro y las vibraciones de la misma a través sus labios. Su garganta palpitaba pero ella no podía parar. Él era adictivo. Tomó el pene con propiedad por la base mientras con la lengua rodeaba el brillante glande. – Sí, princesa. Esa boquita tuya es tan caliente. Trágala toda, muñeca – la excitación y la ternura se mezclaban en su voz haciendo que Davyna quisiera complacerlo con aun más esmero. Él la apretó de la nuca con fuerza. Ella chupó con más ahínco notando las piernas musculadas vibrar a los lados de su cuerpo, si hubiera sido humana seguramente se estaría asfixiando al llevar la enorme verga hasta lo más profundo de su garganta, pero como gracias a los dioses no era esa la situación estaba haciendo todo sin ningún esfuerzo y recibiendo una recompensa invaluable. El placer de su amante.

Él no podía creer como Davyna podía hacerle explotar la cabeza como si fuera la reina del jodido sexo. Ninguna mujer humana nunca de los nunca había podido drogarlo con sexo como ella. Chupaba hasta tragársela entera como una campeona. Estaba a punto de correrse pero quería hacerlo sintiéndose completo sabiendo que ella también estaba disfrutando con más que solo jugando como una gatita con su juguetito. Se incorporó un poco tomando la cintura de Davyna dándole la vuelta a su cuerpo y apoyando sus estómagos juntos con el pene aun enterrado en la acuosa boca. Se acostó abriendo las piernas de la vampiresa a cada lado de su cabeza las cuales se apoyaban con las rodillas sobre el colchón. El coño sin un solo vello se abría ante él jugoso. El culo respingón se alzaba en el aire y sintiendo la electricidad corriendo por su cuerpo por la magnífica mamada que le daba vampiresa cubrió con su boca los labios rosas del pequeño coñito que sabía a dulce de fresas y melocotón. Deslizó la lengua hasta encontrar la dura perlita que palpitaba. Davyna se retorció sacando un momento el miembro de su boca emitiendo un grito de placer que no pudo ser contenido. Él gimió sintiéndose drogado por el sonido y el sabor de los jugos que se derraban en su boca. La chica volvió a comerlo con más hambre emitiendo gemidos torturados mientras él se alimentaba del dulce néctar de la hermosa Davyna. Bella como ninguna. Sintió el calor insoportable correr por su cuerpo y sus testículos contraerse dispuestos a liberarse sin control, así que succionó con fuerza el clítoris dulzón provocando que la chica gimoteara liberándose en medio del placer apretando los labios y la garganta entorno al miembro erecto induciendo también que él alcanzara el clímax.  Los dos se corrieron en medio de un éxtasis irrefrenable, gritando el uno lleno del otro. Mientras ella tragaba el semen dulzón que se expulsaba como violentos latigazos en su boca, él bebió hasta la última gota que evidenciaba el sublime placer de una diosa como ella.

Con una sonrisa bobalicona él apretó las nalgas de la chica antes de tomarla con facilidad, darle la vuelta y acostarla posicionando todo el cuerpo femenino blanco como la leche sobre el de él tostado por el sol. Aspiró el aroma del cabello chocolate mientras ella se embriagaba con el aroma de su pecho. Embelesada por los latidos de su corazón.
-Me encanta como suena – habló Davyna en medio un pesado suspiro con el oído pegado al pecho masculino intentando reprimir la quemazón de su garganta.
-Lo sé. Pero a mí me encanta más el silencio de tu pecho. Me trasmite paz – susurró él acariciando la curva de su espalda.
Ella se tensó al escuchar aquellas palabras. ¿Cómo podía darle paz el saber que ella no vivía, que no tenía alma ni espíritu? Que estaba vacía. Ella tenía que alimentarse como un demonio de la sangre que no tenía, de la vida de la que carecía. En cambio él, él era vida y alma en todo su complemento, perfecto y cálido como el sol, con un alma que seguramente iría al cielo. Él era lo que ella nunca sería, un humano.
-Estoy muerta. Eso es lo único que debe transmitirte el silencio de mi pecho hueco – dijo serena pero con una tristeza inocultable. Él suspiró pesadamente tomando su barbilla con los dedos obligándola a despegar el oído de su corazón y que lo mirara. Ella apoyó un brazo sobre el amplio pecho masculino y encima su barbilla.

-Davyna, muerta o no prefiero estar aquí contigo que con una insípida humana que me dejaría darle la vuelta en dos segundos sin siquiera dar batalla para follarmela como me diera la gana, tú en cambio eres una fiera y eso me encanta. Me gustan las mamadas gloriosas y profundas de una vampiresa sin riesgo de vómito que con una humana que se ahogue y regurgite sobre mí como un borracho – la observó atento perdiéndose en los rubís rojos de sus ojos enmarcados por gruesas y espesas pestañas, los labios fruncidos y su cabello descendiendo por sus cuerpos hasta las sábanas negras. Su corazón se apretó reconociendo tanta belleza en una sola criatura. – Me gusta tu cuerpo frío y no hirviendo junto al mío al extremo del sofoco y el sudor, bastante tenemos de eso solo conmigo. Somos perfectos juntos ¿no lo ves?

Davyna lo miró. Ningún vampiro podía ensalzarse por haber tocado el cuerpo de la vampiresa, ella se había entregado por primera vez a lo que su padre llamaría una apestosa e insulsa basura. Pero para ella él era aún más digno de su pureza que cualquier dios, por lo que había sido aquel humano que más que debilidad poseía bondad y más que fuerza ostentaba valentía quien la había tomado por vez primera. Tal vez llegara el horrible día en que su cuerpo fuera entregado a un marido de su raza como estaba predestinado a ser, pero no su mente que se quedaría en medio de aquellos momentos congelados en el tiempo en donde las manos fuertes de un humano la hacían sentir viva y completa, donde las caricias y los susurros de aquel a quien le latía el corazón con fuerza la hacían sentir adorada. Nadie la poseería como él lo había hecho.

-Princesa, deja de pesar. Cada vez que dejas esa mente tuya volar imaginas el apocalipsis. No dejaré de escabullirme como un ladrón hasta aquí para profanar el suave cuerpo de la hija de mi jefe – rió él con diversión mientras ella lo miraba con una sonrisa enternecida. Suspiró observando los ojos azules y el color de su cabello castaño en un corte masculino, corto en la base y largo en la parte superior.

-Corremos el riesgo que te asesine – acotó ella torturada.

-Y corremos el riesgo de marchitarnos los dos si no lo hago.

Davyna suspiró con pesar preguntándose qué podría marchitarse en su interior si no volvía a verlo y supo que algo lo haría pero no sabía exactamente qué.

-¡Por Dios, Davyna! ¿Podrías dejar de torturarte? Eres jodidamente hermosa, apasionada, compasiva, alegre y ardiente como el infierno – gruñó él exasperado abriéndole las kilométricas piernas a la chica causando que el aun humedecido sexo se posesionara sobre su miembro nuevamente erecto. – Eso es. ¿Lo sientes? ¿Crees que un estúpido zombi podría sentirte como tú lo haces? – él comenzó a moverse acariciando el cálido camino con la cabeza rosada de su verga haciendo a la vampiresa lloriquear mientras sus colmillos salían nuevamente mostrándola hambrienta como a él tanto le encantaba. Apretó las redondas nalgas con dureza. – Davyna… muñeca… preciosa… dulzura, nadie se compara a ti.

-Te necesito – suplicó ella hambrienta, excitada sintiendo el fuego en su esófago y el filo de sus colmillos combinado con el grueso miembro rozando su clítoris henchido.

-Cariño, tienes alma y me pertenece – bramó él posicionando la punta del miembro en la entrada de su sexo y sin ningún aviso empujó tan profundo en ella que Davyna creyó morir de gusto si eso podía ser posible. Un gemido se extendió y atravesó el silencio.

-¡Adrián! – gritó Davyna con pasión el nombre del humano que empujaba dentro de su cuerpo haciéndola perder la razón, incendiando aún más el doloroso ardor de su garganta. Las estocadas eran limpias e incompasivas haciéndola polvo mientras él apretaba las nalgas entre sus dedos y lamía el níveo cuello de la vampiresa como si él mismo fuera un vampiro.

-Davyna, esto se siente tan bien. ¿Puedes sentir como te aferras a mí, amor? – susurró Adrián en medio de gemidos estrangulados disfrutando de la apretujada hendidura que se aferraba a él. Ella era tan apretada, tan fresca, tan adictiva y limpia que no podía negar lo obsesionado que estaba con cada vez que la penetraba y reclamaba. Siempre estaba tan estrecha como aquella vez que la había desvirgado conociendo la gloria de su cuerpo inigualable descubriendo que nunca podría probar a otra mujer y mucho menos a una humana. Eso sería como si un adicto a la heroína cambiara su dosis por un cigarrillo.
Su cuerpo sudaba mientras veía como Davyna se incorporaba mirándolo a los ojos con los rubís aún más encendidos y los colmillos al descubiertos jadeando del hambre y la excitación – no tienes suficiente de mí ¿cierto? Eres tan golosa.

Davyna gimió más fuerte ante sus palabras y las fuertes embestidas que seguro él  proporcionaba mejor que cualquier vampiro. Sí, era golosa y egoísta porque necesitaba más de él y no lo compartiría con nadie. Si una humana se acercara alguna vez la dejaría seca como una almendra y si una de su misma raza colocaba sus dedos encima de él le clavaria una estaca en el corazón sin ninguna compasión. Adrián la besó famélico antes de detener sus estocadas jadeando, dándole paso a Davyna a hacer su voluntad. Así lo hizo, la vampiresa cabalgó a su amante, al hermoso Adrián como si no hubiera un mañana, mientras se empalaba a ella misma con tanta profundidad y rapidez que provocaría la inconciencia de los dos ante tanto disfrute. Los sonidos secos de la carne golpeando eran excitantes y para Adrián la visión erótica de los cabellos y los pechos firme de la vampiresa rebotando pesados era sublime.

Adrián miró los ojos de Davyna ardiendo, así que se incorporó tomando con una mano la nuca femenina y con la otra apretó una de las nalgas mientras ella se levantaba y se dejaba caer ensartándose con deleite en la erección masculina. Él inclinó la cabeza a un lado preparándose para sentir el placer más excelso de su vida, ese que lo llevaba a la gloria, al cielo y al infierno donde solo veía la imagen de Davyna siendo la mujer, criatura o diosa más bella del mundo.

-Vamos muñeca, hazlo. Necesito sentirlo – rogó embriagado por los movimiento eficaces de Davyna. Sintió los dedos de la chica deslizarse por sus hombros y en un movimiento rápido sus colmillos perforar la piel causándole un ardor seco que hizo su verga vibrar exaltada, cuando ella succionó no hubo oportunidad para Adrián, el orgasmo se impulsó atreves de él como un rayo que lo partía en dos. Gimió sin ninguna contención en medio de respiraciones trabajosas mientras largos y vertiginosos disparos de semen se vaciaban en el coño apretado de su diosa que lo seguía trabajando sin descanso.

Davyna al sentir el sabor exquisito de la sangre de Adrián explotar en su lengua fue como si el paraíso se hubiera manifestado ante ella llevándola al clímax inmediato, siguió cabalgándolo con deleite sintiendo el semen llenarla y desbordarla, sus ojos se volcaron, su sexo se apretó y la liberación la acabo por completo con la sangre deslizándose sin parar por su garganta proporcionándole un alivio inigualable. Recordó quien era el dueño de tan exquisito manjar, recordó la vez que casi no se pudo controlar y como había estado a punto de perderlo, recordó como poder perderlo la destrozaría y aun insaciable lo liberó provocando que Adrián cayera laxo sobre la cama y que la sangre de su cuello se deslizara a través de su piel  y goteara en la sabana de satén negro.

-Nunca tendré suficiente de ti, Davyna – susurró Adrián tomándola del brazo para recostarla sobre su pecho sintiéndose consumado por tener a la hermosa vampiresa entre sus brazos. Sonrió al pensar que pronto estaría con ella por la eternidad porque no permitiría que alguien más reclamara lo que por derecho le correspondía.

-Te amo, Adrián – afirmó Davyna besando suavemente los labios de su amado Adrián, su ángel, su protector, su único amor.


-Y yo a ti, insaciablemente – susurró Adrián besándola con avidez aun profundamente enterrado en ella.