La luz de la luna se escabullía sigilosa entre las cortinas, iluminando la nívea piel que recubría las esbeltas piernas de la hermosa vampiresa. El gélido viento ondulaba los cabellos suaves de la hermosa criatura. Venus y Afrodita eran las diosas que podían comparase con la preciosa mujer de cabellos color cacao, labios llenos y pómulos filosos. Ella poseía el rostro de un ángel y el cuerpo de un súcubo cuyas piernas parecían nunca tener fin, caderas amplias, cintura diminuta y los surcos deliciosos de dos senos perfectos.
Davyna era su nombre. No había en el mundo criatura
más perfecta que esa que no podía ser tocada. Aquella que se encontraba cautiva
en medio de una cruel prisión rodeada de soledad, donde su padre la había
confinado por ser el objeto principal de sus enemigos. No tenía vida más allá
de la noche, más allá de las paredes impolutas que la rodeaban. A la espera de
ser reclamada por algún vampiro que demostrara ser lo suficientemente poderoso
para protegerla, o más bien condenada a que su padre eligiera al galán de
brillante armadura.
Davyna resopló sintiéndose ansiosa. Su piel desnuda
resaltaba aún más pálida con las prendas de encaje negro que escasamente la cubrían. Su garganta y su
cuerpo ardían sin compasión sintiendo las incandescentes llamas del infierno
arder en su interior. La sed estaba acabando con ella. Estaba harta de la
asquerosa sangre de cualquier humano que le era traída a su lujosa habitación.
Estaba cansada de la espera. Quería sangre dulce y deliciosa de un solo hombre.
Codiciaba descanso para su sed y el ardor cruel que atacaba entre sus piernas,
tanto así que se vio inocentemente frotándolas una contra la otra. Quería
tantas cosas que solo un ser podría concederle a su cuerpo frío y sin alma. Deseaba
que la puerta secreta de su armario se abriera y él apareciera. Ya su cuerpo
temblaba a la expectativa de su presencia.
Davyna lo sabía. No tenía alma, era cruel y
despiadada. Egoísta y pecadora. Deseaba lo que no podía tener y aun así lo
poseía, descendía al infierno cada vez que tocaba la cálida piel bañada por el
sol de aquel hombre con sus dedos blanquecinos y congelados. Cada noche caía en
la tentación arrastrándolo a él sin ningún remordimiento.
Su respiración se hizo más pesada conforme los
segundos pasaban. Se arrodilló en medio de la cama sobre las sabanas de satén
negro. Gimió anhelante mientras sus manos se paseaban por su cuello
descendiendo por el camino estilizado de sus pechos hasta llenarse las manos
con ellos, apretó con fuerza desatando el demonio que habitaba en ella. Davyna
deslizó una mano suavemente por su estómago introduciendo sus dedos entre la
pequeña prenda que cubría su sexo húmedo por el recuerdo de la espalda
masculina ondulándose en armoniosas acometidas que se mostraban en el reflejo
de su espejo situado estratégicamente para enseñarle las destrezas de su
enérgico amante. Su garganta quemaba con fuerza pero su centro clamaba con más
ahínco un poco de atención, así que sin esperar más hundió un dedo entre los
pliegues resbaladizos hasta presionar la dura perla que la hizo vibrar
descontrolada. Quería esperar un poco más por él. Anhelaba encontrar fuerza de
voluntad pero fue inútil, su mano derecha se apretaba contra el turgente seno
mientras que la otra buscaba la liberación frotando el dedo contra el clítoris
henchido. Davyna sintió por un momento alcanzar las estrellas con las manos
mientras un gemido ronco abandonaba su pecho cuando una voz oscura llenó sus
oídos.
-Has empezado sin mí – el hombre habló con
diversión.
La vampiresa que ostentaba el aspecto de una chica
de veinte años de edad lucía como una diosa en medio de aquella cama dándose
placer así misma. Los ojos del hombre la observaban sin perderse ni por un
momento la belleza sublime que se exhibía en el dolorosamente excitante cuerpo
femenino. Davyna le devolvió la mirada. El hombre era hermoso, de cabello
castaño, nariz perfilada, ojos azules, labios prefectos y cuerpo definido por
una hilera impenetrable de músculos deliciosos. Sus sentidos rugieron posesivos
ante el calor que él irradiaba e impactaba sobre su piel. Su pecho se comprimió
al escuchar aquella melodía que era su perdición, aquella que la hacía desearlo
como a nada en el mundo. Los latidos de un corazón frenético.
Él era perfecto ante sus ojos y seguramente a los de
cualquier mujer, pero aquellas mujeres no podrían necesitarlo como Davyna sabía
que lo hacía. Cuando el olor dulce de su sangre golpeó sin piedad su nariz
recordó cuanto lo necesitaba, lo mucho que quería poseerlo sin que nadie se
atreviera a dudar ni por un momento que él era suyo. Ella era la muerte en la
tierra y él la vida con la que necesitaba alimentarse. Sus colmillos salieron
de sus capuchas mostrándose tan filosos como las estalactitas en el invierno.
El pantalón del hombre se apretó en una dolorosa erección al verla tan salvaje
como siempre.
Davyna sacó suavemente las manos de su ropa
interior y en un movimiento fugaz llegó hasta él furiosa tomándolo de la
garganta y aprisionado el sólido cuerpo con el suyo de aspecto delicado, pero
no tan frágil como parecía pues el aire abandonó los pulmones del castaño ante
la presión del pecho de la chica que bien podía compararse con mil toneladas de
concreto cayendo sobre él, sin embargo aquello hacía su cuerpo arder aún más de
deseo.
-¿Por qué has tardado tanto? – gruñó Davyna
observando las masculinas facciones con los ojos color rojo que la
caracterizaban. El castaño apretó la mandíbula tomando la muñeca de la chica
con la fuerza que a un hombre le hubiera quebrado el hueso pero que a ella
apenas y servía para doblegarla. Davyna forcejeó disgustada y excitada ante la
fuerza de aquel hombre poderoso. Él le dobló el brazo y en un ágil movimiento
presionó el pecho de la chica contra la pared y la aprisionó posicionando de
lleno su cuerpo contra la delicada espalda dejándole sentir su vigorosa
erección entre las dos firmes y redondas nalgas femeninas.
Davyna creyó que desfallecería al sentir su sexo
arder sin descanso combinado con el dulce aroma de la sangre que fluía
vertiginosa entre las exquisitas venas del chico. Sin poder evitarlo levantó el
trasero buscando la fricción de aquel miembro prodigioso contra el apretado
canal de su cuerpo, su sexo que rogaba por ser llenado, asaltado y doblegado.
Él rió bajito pero con demasiada arrogancia. Siguió apretado la muñeca de Davyna
que se encontraba dominada en su espalda, se separó un poco de ella recibiendo
un quejido que fue silenciado con un azote sobre la voluminosa nalga de la
vampiresa. La chica lloriqueó desesperada aun cuando el volvió a frotarse
contra ella.
-Debes aprender a ser paciente – rugió lamiendo la
oreja de Davyna, embistiéndola suavemente aun con las barreras que la prenda de
encaje y su propio pantalón representaban. – Necesitas controlarte o vas a
terminar asesinándome y te odiaré si me matas y aun no tengo suficiente de ti.
Davyna estaba frustrada porque él tenía razón pero
no podía controlarse cuando lo necesitaba con urgencia, así que sin previo
aviso volvió a estamparlo contra la pared esta vez con mucho más cuidado, y con
la respiración de una fiera tomó la camisa del castaño abriéndola sin ningún
miramiento haciendo que los botones volaran desperdigados por toda la
habitación. Una vez habiéndose ocupado de la parte superior procedió a
arrancarle el pantalón para liberar el grandioso tesoro que poseía el hombre,
pero antes que pudiera lograrlo él la detuvo haciendo que lo mirara.
-Eres mía para ser saciada, preciosa – él se acercó
inclinándose para tomarla de las piernas y cargarla sobre su hombro con el fin
de llevarla hasta la cama donde la depositó con cuidado. Davyna intentó
contenerse apretando las sabanas entre sus manos mientras él con movimientos
demasiado pacientes se quitaba los zapatos. Ella estaba hirviendo en rabia al
ver la sonrisa de él satisfecho por saberla desesperada en ser tocada por sus
fuertes manos, por ser atravesada por el recio sable que él guardaba entre dos fornidas
piernas. El esfuerzo fue inútil dejando a la vampiresa presa de sus impulsos.
Tomó fuertemente los hombros masculinos, como si su peso significara unos
cuantos gramos y lo estampó sobre el mullido colchón. Jadeante subió a ahorcadas
sobre él como si fuera la reina y él su súbdito subyugado bajo su cuerpo esbelto.
-No intentes joder conmigo – bramó furiosa. Los
ojos azules de él brillaron divertidos mientras una sonrisa se apoderaba de los
carnosos labios, pero esta fue borrada cuando la boca húmeda de Davyna los
cubrió con ansia y pasión. Besó con hambre al hombre que con sus manos
exploraba la curva preciosa de su espalda subiendo hasta el suave cuello,
delineando los hombros y bajando hasta sus pechos que espontáneamente fueron
liberados cuando el sostén fue rasgado por la mitad. La furia de los labios que
combatían en una batalla de placer se volvía más salvaje. Él penetró con su
lengua la jugosa boca de Davyna cuya saliva sabía a miel y vainilla, caliente
como la lava contrastando deliciosamente con los fríos labios femeninos. Podía
sentir el filo de los colmillos y el sigilo de la vampiresa por no dañarlo,
quien aún presa de la pasión no dejaba de preocuparse por él. Tomó los
suculentos pechos entre sus manos apretando los rosados pezones entre sus
dedos, provocando que la vampiresa gimiera y sus caderas se ondularan
torturando la erección que amenazaba con romper el pantalón y atravesarla sin
piedad.
-Pareces estar muy ansiosa por joder conmigo,
cariño – bromeó separándose de ella con la fuerza que siempre necesitaba para
domarla o de lo contrario ella sería quien siempre haría su voluntad y nadie
podía osar de dominarlo, ni siquiera la sensual Davyna. Él Posicionó las manos
en las costillas de la chica subiéndola un poco hasta tener los hermosos senos
en su cara y el cabello chocolate haciendo cosquillas en su frente. Abrió la
boca introduciendo el pezón dulce.
-Mmmm – Davyna bajó la mirada al rostro del precioso
hombre que la observaba de vuelta con ojos divertidos. Jadeó más fuerte al
observar los obscenos labios fruncirse alrededor del pezón y sus mejillas
ahucharse ante la succión exquisita que enviaba toques eléctricos a su ahora
empapada entrepierna. – No te detengas – le suplicó al hombre quien con una
sonrisa perversa pasó al otro pezón dándole golpecitos con su lengua. Su
garganta ardía sin piedad y el aroma que él expelía era malditamente adictivo.
Disfrutaba todo lo que él le hacía pero necesitaba de alguna forma probarlo.
Tomó los cabellos más largos del hombre en la parte superior de la cabeza y lo
apartó arrancándole el seno que él mamaba con devoción.
-Eres una bruta – se quejó él fingiendo enojo
propinándole un escandaloso azote a la fémina en la apetitosa nalga.
-Y eso te encanta – apuntó ella reptando por el
cuerpo bronceado y cálido de su amante. Olía a gloria y la piel dorada era
suave como la seda. Acarició el torso masculino con suaves besos y lamidas
descubriendo satisfecha la respiración de él acelerada. El abdomen subía y
bajaba con fuerza a causa de la excitación. Arrancó sin ningún cuidado el botón
del pantalón descubriendo sin ropa interior al tipo. La erección imponente
saltó elevándose ostentosa y exuberante hacia el cielo. Un precioso falo animal
recubierto de exquisita carne dorada coronado con una piel color rosa pálido
brillante por secreciones deliciosas. Davyna tuvo que soportar un momento el
dolor feroz de su garganta al sentir toda la sangre que se acumulaba allí y le
daba vida a su más preciado juguete.
-Nena, ten cuidado con los dientes – susurró él con
voz ronca pero entretenida. Davyna obligó a sus colmillos a retractarse y sin
perder oportunidad engulló el miembro que sabía a elixir de dioses. Succionó
con fuerza sintiendo la exquisita sangre recorrer el miembro y las vibraciones
de la misma a través sus labios. Su garganta palpitaba pero ella no podía parar.
Él era adictivo. Tomó el pene con propiedad por la base mientras con la lengua
rodeaba el brillante glande. – Sí, princesa. Esa boquita tuya es tan caliente.
Trágala toda, muñeca – la excitación y la ternura se mezclaban en su voz
haciendo que Davyna quisiera complacerlo con aun más esmero. Él la apretó de la
nuca con fuerza. Ella chupó con más ahínco notando las piernas musculadas
vibrar a los lados de su cuerpo, si hubiera sido humana seguramente se estaría
asfixiando al llevar la enorme verga hasta lo más profundo de su garganta, pero
como gracias a los dioses no era esa la situación estaba haciendo todo sin
ningún esfuerzo y recibiendo una recompensa invaluable. El placer de su amante.
Él no podía creer como Davyna podía hacerle
explotar la cabeza como si fuera la reina del jodido sexo. Ninguna mujer humana
nunca de los nunca había podido drogarlo con sexo como ella. Chupaba hasta
tragársela entera como una campeona. Estaba a punto de correrse pero quería
hacerlo sintiéndose completo sabiendo que ella también estaba disfrutando con
más que solo jugando como una gatita con su juguetito. Se incorporó un poco
tomando la cintura de Davyna dándole la vuelta a su cuerpo y apoyando sus
estómagos juntos con el pene aun enterrado en la acuosa boca. Se acostó
abriendo las piernas de la vampiresa a cada lado de su cabeza las cuales se
apoyaban con las rodillas sobre el colchón. El coño sin un solo vello se abría
ante él jugoso. El culo respingón se alzaba en el aire y sintiendo la
electricidad corriendo por su cuerpo por la magnífica mamada que le daba
vampiresa cubrió con su boca los labios rosas del pequeño coñito que sabía a
dulce de fresas y melocotón. Deslizó la lengua hasta encontrar la dura perlita que
palpitaba. Davyna se retorció sacando un momento el miembro de su boca
emitiendo un grito de placer que no pudo ser contenido. Él gimió sintiéndose
drogado por el sonido y el sabor de los jugos que se derraban en su boca. La
chica volvió a comerlo con más hambre emitiendo gemidos torturados mientras él
se alimentaba del dulce néctar de la hermosa Davyna. Bella como ninguna. Sintió
el calor insoportable correr por su cuerpo y sus testículos contraerse
dispuestos a liberarse sin control, así que succionó con fuerza el clítoris
dulzón provocando que la chica gimoteara liberándose en medio del placer apretando
los labios y la garganta entorno al miembro erecto induciendo también que él
alcanzara el clímax. Los dos se
corrieron en medio de un éxtasis irrefrenable, gritando el uno lleno del otro.
Mientras ella tragaba el semen dulzón que se expulsaba como violentos latigazos
en su boca, él bebió hasta la última gota que evidenciaba el sublime placer de
una diosa como ella.
Con una sonrisa bobalicona él apretó las nalgas de
la chica antes de tomarla con facilidad, darle la vuelta y acostarla
posicionando todo el cuerpo femenino blanco como la leche sobre el de él
tostado por el sol. Aspiró el aroma del cabello chocolate mientras ella se
embriagaba con el aroma de su pecho. Embelesada por los latidos de su corazón.
-Me encanta como suena – habló Davyna en medio un
pesado suspiro con el oído pegado al pecho masculino intentando reprimir la
quemazón de su garganta.
-Lo sé. Pero a mí me encanta más el silencio de tu
pecho. Me trasmite paz – susurró él acariciando la curva de su espalda.
Ella se tensó al escuchar aquellas palabras. ¿Cómo
podía darle paz el saber que ella no vivía, que no tenía alma ni espíritu? Que
estaba vacía. Ella tenía que alimentarse como un demonio de la sangre que no
tenía, de la vida de la que carecía. En cambio él, él era vida y alma en todo
su complemento, perfecto y cálido como el sol, con un alma que seguramente iría
al cielo. Él era lo que ella nunca sería, un humano.
-Estoy muerta. Eso es lo único que debe
transmitirte el silencio de mi pecho hueco – dijo serena pero con una tristeza
inocultable. Él suspiró pesadamente tomando su barbilla con los dedos
obligándola a despegar el oído de su corazón y que lo mirara. Ella apoyó un
brazo sobre el amplio pecho masculino y encima su barbilla.
-Davyna, muerta o no prefiero estar aquí contigo
que con una insípida humana que me dejaría darle la vuelta en dos segundos sin
siquiera dar batalla para follarmela como me diera la gana, tú en cambio eres
una fiera y eso me encanta. Me gustan las mamadas gloriosas y profundas de una
vampiresa sin riesgo de vómito que con una humana que se ahogue y regurgite
sobre mí como un borracho – la observó atento perdiéndose en los rubís rojos de
sus ojos enmarcados por gruesas y espesas pestañas, los labios fruncidos y su
cabello descendiendo por sus cuerpos hasta las sábanas negras. Su corazón se
apretó reconociendo tanta belleza en una sola criatura. – Me gusta tu cuerpo
frío y no hirviendo junto al mío al extremo del sofoco y el sudor, bastante
tenemos de eso solo conmigo. Somos perfectos juntos ¿no lo ves?
Davyna lo miró. Ningún vampiro podía ensalzarse por
haber tocado el cuerpo de la vampiresa, ella se había entregado por primera vez
a lo que su padre llamaría una apestosa e insulsa basura. Pero para ella él era
aún más digno de su pureza que cualquier dios, por lo que había sido aquel
humano que más que debilidad poseía bondad y más que fuerza ostentaba valentía
quien la había tomado por vez primera. Tal vez llegara el horrible día en que su
cuerpo fuera entregado a un marido de su raza como estaba predestinado a ser,
pero no su mente que se quedaría en medio de aquellos momentos congelados en el
tiempo en donde las manos fuertes de un humano la hacían sentir viva y
completa, donde las caricias y los susurros de aquel a quien le latía el
corazón con fuerza la hacían sentir adorada. Nadie la poseería como él lo había
hecho.
-Princesa, deja de pesar. Cada vez que dejas esa
mente tuya volar imaginas el apocalipsis. No dejaré de escabullirme como un
ladrón hasta aquí para profanar el suave cuerpo de la hija de mi jefe – rió él
con diversión mientras ella lo miraba con una sonrisa enternecida. Suspiró
observando los ojos azules y el color de su cabello castaño en un corte
masculino, corto en la base y largo en la parte superior.
-Corremos el riesgo que te asesine – acotó ella
torturada.
-Y corremos el riesgo de marchitarnos los dos si no
lo hago.
Davyna suspiró con pesar preguntándose qué podría
marchitarse en su interior si no volvía a verlo y supo que algo lo haría pero
no sabía exactamente qué.
-¡Por Dios, Davyna! ¿Podrías dejar de torturarte?
Eres jodidamente hermosa, apasionada, compasiva, alegre y ardiente como el
infierno – gruñó él exasperado abriéndole las kilométricas piernas a la chica
causando que el aun humedecido sexo se posesionara sobre su miembro nuevamente
erecto. – Eso es. ¿Lo sientes? ¿Crees que un estúpido zombi podría sentirte
como tú lo haces? – él comenzó a moverse acariciando el cálido camino con la
cabeza rosada de su verga haciendo a la vampiresa lloriquear mientras sus
colmillos salían nuevamente mostrándola hambrienta como a él tanto le encantaba.
Apretó las redondas nalgas con dureza. – Davyna… muñeca… preciosa… dulzura,
nadie se compara a ti.
-Te necesito – suplicó ella hambrienta, excitada
sintiendo el fuego en su esófago y el filo de sus colmillos combinado con el
grueso miembro rozando su clítoris henchido.
-Cariño, tienes alma y me pertenece – bramó él
posicionando la punta del miembro en la entrada de su sexo y sin ningún aviso
empujó tan profundo en ella que Davyna creyó morir de gusto si eso podía ser
posible. Un gemido se extendió y atravesó el silencio.
-¡Adrián! – gritó Davyna con pasión el nombre del
humano que empujaba dentro de su cuerpo haciéndola perder la razón, incendiando
aún más el doloroso ardor de su garganta. Las estocadas eran limpias e
incompasivas haciéndola polvo mientras él apretaba las nalgas entre sus dedos y
lamía el níveo cuello de la vampiresa como si él mismo fuera un vampiro.
-Davyna, esto se siente tan bien. ¿Puedes sentir
como te aferras a mí, amor? – susurró Adrián en medio de gemidos estrangulados
disfrutando de la apretujada hendidura que se aferraba a él. Ella era tan
apretada, tan fresca, tan adictiva y limpia que no podía negar lo obsesionado
que estaba con cada vez que la penetraba y reclamaba. Siempre estaba tan
estrecha como aquella vez que la había desvirgado conociendo la gloria de su
cuerpo inigualable descubriendo que nunca podría probar a otra mujer y mucho
menos a una humana. Eso sería como si un adicto a la heroína cambiara su dosis
por un cigarrillo.
Su cuerpo sudaba mientras veía como Davyna se
incorporaba mirándolo a los ojos con los rubís aún más encendidos y los
colmillos al descubiertos jadeando del hambre y la excitación – no tienes
suficiente de mí ¿cierto? Eres tan golosa.
Davyna gimió más fuerte ante sus palabras y las
fuertes embestidas que seguro él proporcionaba mejor que cualquier vampiro. Sí,
era golosa y egoísta porque necesitaba más de él y no lo compartiría con nadie.
Si una humana se acercara alguna vez la dejaría seca como una almendra y si una
de su misma raza colocaba sus dedos encima de él le clavaria una estaca en el
corazón sin ninguna compasión. Adrián la besó famélico antes de detener sus
estocadas jadeando, dándole paso a Davyna a hacer su voluntad. Así lo hizo, la
vampiresa cabalgó a su amante, al hermoso Adrián como si no hubiera un mañana,
mientras se empalaba a ella misma con tanta profundidad y rapidez que
provocaría la inconciencia de los dos ante tanto disfrute. Los sonidos secos de
la carne golpeando eran excitantes y para Adrián la visión erótica de los
cabellos y los pechos firme de la vampiresa rebotando pesados era sublime.
Adrián miró los ojos de Davyna ardiendo, así que se
incorporó tomando con una mano la nuca femenina y con la otra apretó una de las
nalgas mientras ella se levantaba y se dejaba caer ensartándose con deleite en
la erección masculina. Él inclinó la cabeza a un lado preparándose para sentir
el placer más excelso de su vida, ese que lo llevaba a la gloria, al cielo y al
infierno donde solo veía la imagen de Davyna siendo la mujer, criatura o diosa
más bella del mundo.
-Vamos muñeca, hazlo. Necesito sentirlo – rogó
embriagado por los movimiento eficaces de Davyna. Sintió los dedos de la chica
deslizarse por sus hombros y en un movimiento rápido sus colmillos perforar la
piel causándole un ardor seco que hizo su verga vibrar exaltada, cuando ella
succionó no hubo oportunidad para Adrián, el orgasmo se impulsó atreves de él
como un rayo que lo partía en dos. Gimió sin ninguna contención en medio de
respiraciones trabajosas mientras largos y vertiginosos disparos de semen se
vaciaban en el coño apretado de su diosa que lo seguía trabajando sin descanso.
Davyna al sentir el sabor exquisito de la sangre de
Adrián explotar en su lengua fue como si el paraíso se hubiera manifestado ante
ella llevándola al clímax inmediato, siguió cabalgándolo con deleite sintiendo
el semen llenarla y desbordarla, sus ojos se volcaron, su sexo se apretó y la
liberación la acabo por completo con la sangre deslizándose sin parar por su
garganta proporcionándole un alivio inigualable. Recordó quien era el dueño de
tan exquisito manjar, recordó la vez que casi no se pudo controlar y como había
estado a punto de perderlo, recordó como poder perderlo la destrozaría y aun
insaciable lo liberó provocando que Adrián cayera laxo sobre la cama y que la
sangre de su cuello se deslizara a través de su piel y goteara en la sabana de satén negro.
-Nunca tendré suficiente de ti, Davyna – susurró
Adrián tomándola del brazo para recostarla sobre su pecho sintiéndose consumado
por tener a la hermosa vampiresa entre sus brazos. Sonrió al pensar que pronto
estaría con ella por la eternidad porque no permitiría que alguien más
reclamara lo que por derecho le correspondía.
-Y yo a ti, insaciablemente – susurró Adrián
besándola con avidez aun profundamente enterrado en ella.
